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La política peruana y problema número uno: La corrupción

El ciudadano peruano, para evaluar a un gobernante, parte de una premisa: todos roban. La diferencia es que unos “roban y hacen obra” y otros “roban y no hacen nada”. En la primera categoría colocan a Alan García y Alberto Fujimori y en la segunda a Alejandro Toledo. Se ha llegado a este mediocre pragmatismo, como resultado de más de tres décadas de fracasos políticos, económicos, culturales, deportivos y sociales, que han conducido a una baja autoestima y a la aceptación de una suerte de fatalidad sobre el futuro del país. Los filósofos griegos y los chinos, reflexionaron profundamente sobre el ciudadano, la moral y la política. Para ellos, moral y política están unidas. Confucio, el gran pensador chino, dejó un pensamiento que organizó el poder del Estado chino por más de 2 mil años. La propuesta de Confucio entendió la política desde la moral y, por ende, cada acto político, es un acto moral. No existe, para él, separación entre moral y política. Una de sus tesis es la misma que elaboró Kant -el gran pensador alemán- más de veinte siglos más tarde y que exige que todo acto del hombre deba ser entendido como una acción o una ley universal. El lenguaje popular ha sintetizado esta idea en la frase, “no hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti”. En la propuesta de Confucio, la educación en valores, es una cuestión fundamental. Algunos estudiosos del desarrollo de Corea del Sur, Taiwán, Japón y Singapur encuentran en las enseñanzas de Confucio la cave de su extraordinario desarrollo: la ética que genera confianza y la educación permanente que permite que los niños, los jóvenes y los ciudadanos cuenten con una educación en valores y en conocimientos técnicos. Aristóteles, el gran pensador, demostró que los políticos son personas ambiciosas y prácticas que tienen una gran ambición: el reconocimiento. Por ello están a la búsqueda de los homenajes, las distinciones, los monumentos, las condecoraciones y, en la época moderna, las primeras planas, las entrevistas en la televisión, entre otras. El sueño de Platón, que los sabios -es decir, los filósofos- gobiernen el mundo ha sido, hasta hoy, una utopía. Mientras el político busca el poder, los bienes materiales y satisfacer su vanidad y su ego, los filósofos y pensadores buscan la verdad, aman el conocimiento y encuentran la felicidad en el entendimiento de la condición humana. Hay una suerte de divorcio que deberá, alguna, vez terminar. Desde el siglo XVI, con el inicio de la modernidad, moral y política se separan definitivamente. Para Maquiavelo, la política es ajena a la moral. Es moral aquello que le conviene al Estado y a su gobernante. Por ello, todo lo que pueda hacerse para conseguir las metas y objetivos, es imperativo hacerlo. La política se reconoce, abiertamente, como un negocio. Se llega al poder para enriquecerse, haciendo la guerra, favoreciendo a empresas, a familiares y amigos. “El fin justifica los medios”. Volvamos al Perú. En nuestro querido país ha habido pocos pero importantes pensadores que expresaron la necesidad imperiosa de crear una clase dirigente, de terminar con los mandones prepotentes y abusivos y construir auténticos líderes. Para Jorge Basadre se trata de poner fin a la era de los caudillos ambiciosos y sustituirlos por líderes democráticos. El gran historiador peruano lo expresó muy claramente. Hemos tenido clase dominante pero no clase dirigente. Se trata de construir una clase dirigente que debe ser honrada y honesta, que use los bienes públicos escrupulosamente. Los que han gobernado el Perú, en las últimas décadas -con excepciones meritorias- han sido personas ambiciosas de escasos valores democráticos y exiguos principios morales. Han sido demócratas de palabra pero autoritarios de hecho. “Si no está bien la raíz, no puede estar bien la copa”, se expresa en un hermoso texto confuciano. Alan García, Alberto Fujimori y Alejandro Toledo tienen en común lo que tienen todos los políticos peruanos: mesiánicos y sectarios. Ellos son los salvadores. Llegaron al poder con sus partidos y gobernaron con sus familiares y amigos. Tal vez la diferencia entre unos y otros reside en que, uno de ellos, comparada con los otros, actúa como un simple piraña. Los otros, en cambio, actúan con la mentalidad de capos de verdaderas mafias. Uno dice mentiras increíbles –“me secuestraron” cuando se fue de juerga- mientras que los otros mienten con seguridad, firmeza y perseverancia… y, hasta se llegan a creer sus mentiras. Pero la esencia es la misma. El hurto de los recursos del Estado y la deshonestidad, la mentira, las medias verdades, las cortinas de humo, las falsas investigaciones, la búsqueda de la prescripción, los monumentos a la nada -como el tren eléctrico que nunca tuvo comienzo ni fin pero si una gran coima de origen-, las leyes con nombre propio o para los amigos, los pactos no de caballeros sino bajo la mesa para el encubrimiento y la defensa mutua, las leyes con artículos contradictorios –le llaman submarinos- para que la propia ley se neutralice y permita perpetuar a los que controlan el poder, la compra de la justicia, los congresistas corruptores del Poder Judicial que se rasgan las vestiduras cuando dicen enfrentar la corrupción, las licitaciones y concursos públicos amarrados, son algunas de las prácticas que destruyen la política, hacen fracasar a los gobiernos y sumen a la miseria, la desnutrición, el atraso y a la infelicidad a los pueblos. ¿Es posible cambiar la política en el Perú? Creemos que sí. Eso requiere que reconozcamos que la corrupción es el problema número uno pues corroe, destruye, mina -día a día- la moral de los ciudadanos y liquida las instituciones. Cuando los ciudadanos, los niños y los jóvenes no confían, no creen en nada ni en nadie, entonces, no hay futuro para el país. Por ello, el líder que demuestre a través de su acción -y no en el Poder Judicial porque allí las sentencias se compran o prescriben- que tiene la conciencia y las manos limpias y que puede liderar el país, podrá empezar una nueva era para el Perú… de lo contrario, estaremos como mula de noria, dando vueltas sobre lo mismo, mientras los demás pueblos del mundo se seguirán alejando, cada vez más, de nosotros.

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