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Noticias >> Oswaldo Carpio

Gobernar y construir sin recursos

El 20 de junio del 2011, se cumplen dos años de la partida de Alberto Andrade Carmona, alcalde de Miraflores entre 1990 – 1995 y alcalde de Lima entre 1996 -2002. Tuve la suerte de ser asesor político personal durante 12 años que contribuyeron a la transformación de Miraflores y de Lima. Escribiré varios artículos sobre los temas que considero más importantes de este período, resaltando lo que caracterizó su gestión como alcalde, y no su labor político partidaria, lo que será motivo de otros análisis, ya que Alberto Andrade fue protagonista de Somos Lima (1995) y del Partido Democrático Somos Perú (1998).
 
Sin lugar a dudas, Alberto Andrade fue el mejor alcalde de Lima de las últimas décadas. Fue elegido alcalde en una reñida competencia durante el segundo semestre del año 2005, competencia en la que derrotó al Ing. Jaime Yoshiyama, candidato de Alberto Fujimori, que en esas elecciones contaba “con todo el apoyo” del régimen, apoyo que se le negó al candidato independiente, tanto durante la campaña electoral como, luego, durante los cinco años siguientes del gobierno autoritario de Alberto Fujimori-Vladimiro Montesinos. Los dos últimos años del gobierno de Andrade en Lima se produjeron cuando se recuperó la democracia, en la que Andrade fue el principal responsable de la organización de la Marcha de los Cuatro Suyos.
 
Es importante recordar que a partir de 1996, el Perú, impactado por la crisis mundial pero, también, por una equivocada política económica que no promovió políticas anticíclicas, ingresó a una recesión de la que se empezaría a salir a partir del año 2001, con la recuperación de la democracia y que continúa hasta hoy en un largo ciclo de expansión económica. Este ciclo expansivo es resultado de factores externos como la enorme demandad de materias primas por gigantes como China y la India que han elevado a cifras extraordinarias los precios de nuestros minerales así como por la acertadas políticas en el manejo macroeconómico durante los gobiernos de Valentín Paniagua, Alejandro Toledo y Alan García, de respeto a la autonomía del BCR, el manejo responsable de la macroeconomía: política monetaria, déficit fiscal e inflación, no gastándose  más de lo que se gana, como principio fundamental, generándose un endeudamiento público responsable.
 
Alberto Andrade,  al frente de la capital de Lima, le tocó enfrentar sus responsabilidades, en medio de enorme expectativa y una oposición destructiva y malintencionada del gobierno de Alberto Fujimori, ensoberbecido y en el apogeo de su poder, ya que en 1996, venía de dar el golpe de Estado del 5 de abril de 1992, había ganado las elecciones al Congreso Constituyente, el referéndum que aprobaba la nueva Constitución y la primera reelección en 1995. El fujimorismo imponía una política en la que “la nueva mayoría” era implacable con las minorías. Solo se aceptaba la subordinación. Una “nueva mayoría” no dispuesta a respetar al nuevo alcalde  independiente y al nuevo gobierno de la ciudad de Lima. La intolerancia y el abuso del poder fueron el escenario en que debió actuar el nuevo gobierno municipal de Lima
 
Durante los dos gobiernos municipales de Ricardo Belmont (1990-1995), se le habían quitado recursos a la municipalidad de Lima a través del Decreto Legislativo 776, por un monto superior a los 300 millones de soles anuales. Además, desde entonces y con mayor intensidad durante el gobierno de Alberto Andrade, se le quitaron ya no sólo recursos sino también competencias y funciones que buscaba socavar su capacidad de gobierno, impedir la realización de cualquier obra o servicio, desmembrar a la municipalidad y sus programas, generándole, como parte de una estrategia que pretendía el fracaso absoluto, problemas de gobernabilidad y gobernanza. No lo pudieron lograr por los principios democráticos blandidos  por el Gobierno Municipal de Alberto Andrade y por la estrategia que logró derrotar, en escenarios sucesivos, el permanente sabotaje, que era parte de una  estrategia malvada y malsana que buscaba el fracaso del alcalde de Lima. Ya habían derrotado a Ricardo Belmont. Buscaban hacer lo mismo con Andrade.
 
Lima sufrió las consecuencias del autoritarismo al impedírsele al Gobierno Municipal de Lima, la obtención de recursos para una reconstrucción y recuperación del Centro Histórico al negársele el aval para créditos del BID y del Bando Mundial; se impidió la licitación de tres modernos terminales terrestres para Lima con inversión privada, al quitársele la competencia, a última hora a la Municipalidad cuando ya se habían sentado las bases para la licitación. Se impidió, en el último día legal, que Lima contara  con un moderno mercado mayorista, luego de que se aprobara en el Congreso de la República una ley que le quitaba la competencia sobre el mercado mayorista, luego que había concluido una licitación internacional ganada por el consorcio Wong-Interbank asociados a un importante operador internacional de de grande mercados mayoristas, ley que se aprobara dos días antes de la firma del contrato de concesión. Se desarticuló el Programa del Vaso de Leche de carácter metropolitano, fraccionándolo en miles de programas distritales, favoreciéndose la corrupción, la politización y elevándose los costos administrativos y el de los insumos.  Finalmente, en otros temas cruciales, se saboteó la emisión de bonos por la Municipalidad de Lima,  con el fin de que Lima no contara con recursos para realizar obras y servicios de calidad. Lima se quedó sin terminales terrestres, sin mercado mayorista, con un programa del vaso de leche desarticulado y con una muy reducida capacidad de inversión y de gasto, para mencionar los temas más importantes, pues, además, en el colmo de una mentalidad malsana se usó a los sindicatos municipales para impedir la consolidación de la administración municipal, ahuyentar las nuevas inversiones y acelerar la recuperación de la ciudad.
 
Pese a ello, con recursos que no superaban los 280 millones de soles anuales para toda la ciudad de Lima, se logra hacer obra, dándose inicio a la recuperación de Lima en general y de su Centro Histórico.  Derrotando los obstáculos, la capital de la república empieza a recuperar su antiguo esplendor. Fueron días muy duros y de intenso trabajo, en el que el liderazgo de carácter (principios y valores) de Alberto Andrade se abrió paso, fortaleza de carácter que  unida a su temperamento optimista, alegre y criollo, logró éxitos para la capital del país. Pese a la permanente agresión, Andrade no fue un alcalde frustrado, conflictivo y agresivo. Los avatares, fortalecieron su carácter, que le fue dando a Lima la alegría de su personalidad. Es de recalcar que pese a que Andrade renunciara al PPC en 1994 con el fin de postular a la alcaldía de Lima, siempre afirmó que él era socialcristiano y siempre expresó su agradecimiento a ese partido. La renuncia de Alberto Andrade al PPC fue consecuencia de una evaluación estratégica que había encontrado que si se presentaba como candidato a la alcaldía de Lima por ese partido, sería masacrado como “candidato de los ricos” y encasillado como candidato de la “derecha”. Alberto Andrade, resaltó, siempre, su formación socialcristiana y su actitud democrática de centro. Él era partidario de construir un país y una ciudad en la que se elevara la calidad de vida para todos.
 
¿Cómo es posible hacer obra con mínimos recursos? ¿Es posible que un alcalde tenga éxito en medio de un permanente acoso y sabotaje? Sí. Es posible. ¿Cómo? A través del cumplimiento de un fuerte liderazgo que luche por el cumplimiento de las leyes, el uso estratégico de los recursos escasos, el diálogo permanente con los ciudadanos, el análisis político y social permanente que permite tomar las decisiones adecuadas en cada circunstancia y una política de comunicación que capaz de romper el aislamiento, contar con un equipo de guerreros de la comunicación que permite ganar todas las batallas a las campañas de desprestigio y al terrorismo de imagen, emprendidas desde el poder central.
 
Durante la gestión de Alberto Andrade en Lima, con un presupuesto anual que fluctuaba entre los 240 y los 300 millones de soles para una ciudad de 7 y medio millones de habitantes se hizo obra y se mejoraron sustancialmente los servicios. Los secretos del buen alcalde Andrade, fueron los siguientes: contar con diversos equipos de trabajo formados por personas especializadas en la problemática municipal; pragmatismo y firmeza de carácter en las decisiones estratégicas; rapidez en las decisiones y en la búsqueda de resultados; gerencia y administración por objetivos con el fin de no desgastarse en pequeñeces; democracia activa en un diálogo permanente con los ciudadanos; conocimiento metódico y riguroso de cada momento político con el fin de tomar las decisiones adecuadas; una visión moderna de Lima que buscaba proyectarla, uniendo tradición y modernidad; democracia activa con participación vecinal como principio y como acción práctica, en la que el ciudadano tiene derechos pero también deberes; política cultural moderna, eficiente y rápida que afirmara lo propio, dentro de una política peruanista ajena al nacionalismo pedestre y elemental, expresada en una visión integradora y tolerante, de afirmación de las expresiones culturas nacionales -sin rechazar lo foráneo- priorizando la cultura criolla popular limeña y costeña pero sin dejar de lado las múltiples expresiones culturales nacionales de los millones de provincianos residentes en Lima.  Todo ello en una visión que sostiene  que la mejor labor de un gobierno no consiste en sembrar cemento sino en construir ciudadanía, ya que la polis es de la gente y para la gente y la gente. Andrade recusaba la tendencia aberrante que consiste en destruir nuestro patrimonio histórico para sembrar cemento en una visión paupérrima de la modernidad. Se buscó que en un Lima convivan los peruanos en paz, asumiendo deberes y derechos. Alberto Andrade detestaba el populismo demagógico. Creía en la capacidad emprendedora de los ciudadanos, especialmente de los jóvenes para actuar autónomamente, lejos del paternalismo populista señorial de derecha e izquierda, que los minusválidos a los que tiene que “ayudar”. Andrade los consideraba como los principales actores del progreso, del emprendimiento y de su capacidad para realizar cambios que modernicen y que aseguren un futuro mejor para todos.
 
Andrade fue un gozador de la gastronomía peruana y gran impulsor de los festivales del sabor en el Centro Histórico y en Lima Metropolitana, mucho tiempo antes de que empezara el boom gastronómico.
 
Andrade creía en la gente, amaba a la ciudad de Lima. Lima no era obsesión. Se trataba de amor y compromiso con la ciudad en la que nació, creció y vivió, luchando por convertir en realidad el sueño de una ciudad moderna pero de profundas raíces históricas. Andrade era consciente de que uno de los grandes capitales de Lima es su pasado y, por ello, buscó recuperar parques, plazuelas, espacios públicos, las grandes virreinales y republicanas, los hermosos balcones moriscos, enfrentando una falsa y perversa modernización que mutila, destruye y desaparece para siempre aquello que es nuestro patrimonio, y que es atractivo tanto para los peruanos como para los visitantes extranjeros, que ven con horror cómo se destruye lo más bello de Lima.
 
Lima hoy requiere liderazgo, objetivos claros, diálogo, tolerancia y mucho amor por la gente. Sin paternalismos señoriales y con un claro concepto de las prioridades en los que hay que invertir los recursos. Andrade amó Lima y puso todo su esfuerzo en cumplir sus sueños. Esos sueños hay que continuarlos, porque la vida está hecha de la misma tela con la que se hacen los sueños.

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