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Modernidad competitiva versus pre-modernidad: Paolo Guerrero y la Selección Peruana de Fútbol

En los últimos procesos de la competencia entre las selecciones de Sudamérica para clasificar a un Mundial de Fútbol, la selección de Perú, empezó ganando su primer partido, para luego deslizarse hacia derrotas o empates olvidables. ¿Qué sucede con el fútbol peruano que produce enormes expectativas que se transforman luego en grandes frustraciones? ¿Qué sucede en la mente de dirigentes, cuerpo técnico y jugador de fútbol? ¿Por qué los que juegan grandes partidos en ligas tan competitivas como la alemana no ofrecen, cuando juegan con la blanquiroja, la misma entrega con resultados efectivos?
 
Empecemos por los dirigentes. El dirigente del fútbol peruano es, en la gran mayoría de los casos,  una persona oportunista, dedicada a otras actividades, que de pronto incursiona en el fútbol como un negocio del momento, y que luego se queda en esta actividad, tanto porque obtiene ingresos fáciles en una actividad en la que no rinde cuentas a nadie, y en la que encuentra personas, de las mismas características, con las cuales coaligarse para hacer grandes negocios.
 
En el Perú no existen clubes de fútbol modernos y tampoco empresas -con alguna excepción- que se dediquen profesionalmente al fútbol. Los que incursionan en el fútbol lo hacen, por los ingresos grandes y fáciles –legislación laxa, falta de control, dobles contratos con los jugadores y el cuerpo técnico, comisiones por la venta de jugadores, contratos “inflados” por jugadores y “técnicos” que no valen lo que ganan; coimas por la publicidad y por los sponsors, contratos con empresas “amigas”, viajes financiados por la FIFA o por el propio club, evasión de impuestos sin sanción, entre tantas otras maldades.
 
La mente del dirigente del fútbol es arcaica, oportunista, cortoplacista, irresponsable, populista, machista,  cleptómana y profundamente mediocre. Este dirigente, ha heredado las taras de los que con mentalidad de hacendados esclavistas, mandaban a “sus negritos” –a los que bautizaron como los “bombones”- a jugar por la hacienda y luego por los equipos capitalinos. En esta mente anida el racismo –es curioso encontrar en una actividad en la que la mayoría de los jugadores es de origen negro o mestizo, a dirigentes y árbitros incluidos, acendradamente racistas-, el paternalismo, la demagogia y el populismo. No existe un dirigente con mentalidad competitiva. La moral del dirigente es la “moral de la pendejada”, del vivo, del sabido, del que sabe aprovechar la oportunidad para obtener algún ingreso “extra” para su bolsillo que le servirá para ir a “chupar” o para “levantarse unas hembritas”. Ese “dirigente” no crea instituciones. Construye estadios para obtener una coima e inflar su débil ego, pero no crea instituciones consistentes.
 
No nos engañemos los clubes de fútbol no son instituciones modernas. La infraestructura está abandonada, en permanente deterioro. Es en lo que menos se invierte, pues eso no les interesa, salvo que se obtenga una “coima” para una pequeña inversión, un pequeño cambio que de la apariencia de mejoría. Los clubes son asociaciones en las que concurren socios que desean ver fútbol pero que se encuentran con estructuras institucionales creadas para el engaño. Algunos se introducen en ese mundo en busca de alguna ventaja personal que va desde la “figuración” que los puede sacar, por momentos, de su vida sombría, gris, anónima. En los clubes no hay planes ni planificación. El marketing que se usa es elemental, perverso, engañoso. No hay rigor en las actividades internas. Las asambleas o son formales o son terreno de conflictos internos por intereses personales o de grupos que buscan hacer lo mismo que los dirigentes que tienen el control. Un coro de hienas que medran del fútbol, se forma alrededor de los más audaces, convirtiendo esos espacios, en lugar para dividir, crispar, confrontar a fin de obtener algún pago oculto.
 
En el fútbol peruano el jugador es un simple medio para obtener lo que el dirigente quiere: una ganancia fácil y la “gloria” de un triunfo. No se invierte en divisiones menores. El dirigente está a la caza de algún “negrito” que juegue bien el fútbol para incorporarlo en la lista de su amigo representante a fin de venderlo al extranjero y obtener una ganancia fácil. Los “representantes” de los futbolistas tienen mentalidad rentista, no son líderes, son simples contratistas que buscan un gran ingreso a partir de que contaron con una alta suma que pagaron a la FIFA para ingresar al negocio de la compra y venta de jugadores. El jugador está pésimamente asesorado por los que buscan, también, el negocio de corto plazo, el dinero abundante –son varios cientos de miles o millones de dólares-. Este “representante” no ayuda al jugador, no lo orienta, no lo apoya, no tiene una mente que lo ayude a crecer. Es más bien su “pata”, el cómplice de sus indisciplinas, de sus escapadas con las “hembritas”, las “tramposas”, etc.
 
El futbolista peruano, salvo excepciones como las de Paolo Guerrero, un jugador fuerte mentalmente, valiente y competitivo  -“imitado” como homosexual por algún “cómico” que oculta su propia homosexualidad, su envidia y frustración- se encuentra huérfano de apoyo, carente de paradigmas creativos y de líderes. El jugador, que mayoritariamente es de origen humilde, es absorbido por un entorno en el que la doble moral o, simplemente, la “moral de la pendejada” predominan.
 
El jugador que debería ser el centro de la actividad futbolística, por esa maraña de intereses, es postergado y utilizado como un medio para obtener una ganancia fácil. De esta forma, al jugador no se le forma sino que se le deforma. A ello contribuye, también, una prensa deportiva mediocre, en la que se mueven dos extremos, los críticos “achorados”, agresivos y destructivos que no analizan a fondo las cosas y que medran también del status quo, y los periodistas franeleros que forman parte del sistema. En el medio, un grupo de periodistas de conducta profesional, se refugia en la docencia universitaria, en artículos analíticos y comprometidos, que no logran cambiar las estructuras dominantes.
 
Paolo Guerrero, en esta selección de fútbol, conjuntamente con algunos otros jugadores de mentalidad moderna, son una minoría exigua, que tiene que luchar no solo contra las otras selecciones de fútbol, sino, también contra la mediocridad del medio, los dirigentes mediocres, los árbitros corruptos, envidiosos y racistas -los que fueron y los que están-, la desorganización, la corrupción y la falta de compromiso de sus demás colegas. Jugadores que llegan a Lima desde el extranjero a relajarse y que manejan bien un doble discurso,  típico de la moral de la pendejada, origen de sus lesiones ya que al llegar al país, abandonan la disciplina -impuesta desde fuera y que no ha logrado anidar en su mente- y se dedican a las malas noches, a sacarle la vuelta a la esposa para meterse con una huachafita mediocre que se gana la vida con el sudor de sus nalgas. Esa es la mente del futbolista peruano, que aprendió de sus “maestros”, los dirigentes que medran del fútbol y que lo utilizan ya sea para sus “carreras” políticas –la lista de “políticos” que incursionan en el fútbol es cada vez mayor- o para la fácil ganancia.
 
Se requieren cientos de Paolos Guerreros, fruto de una mente, una disciplina, una conducta diferente. La sana y fuerte ambición de Paolo Guerrero se siente en la cancha y en la vida diaria. Curiosamente, los que lo han atacado, representan lo peor de la cultura y la moral del país, tan enraizada en la mayoría.
 
Ir al Mundial de Fútbol, requiere, entonces, de un cambio profundo en las estructuras del fútbol peruano, produciendo una renovación en los dirigentes, en el sistema organizativo y en las legislación. Mientras los clubes y las instituciones del fútbol estén copadas por dirigentes mediocres, los jugadores serán cooptados por esa gentuza, que los conducirá a la derrota. Dirigentes organizadores de derrotas. Eso es lo que son.

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