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domingo, 24 de junio de 2012
La Tarumba: Clásico
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La Tarumba nos traslada a la infancia feliz, cuando el niño libre se asombra, ríe, exclama, aplaude,  no deja de aplaudir, salta, se sienta y vuelve a saltar, pregunta, ríe hasta las lágrimas, abraza a los padres, mira a los hermanos y a los amigos con complicidad y extrañeza, da rienda suelta a su espontaneidad sin ataduras, sin mandos, sin autoritarismos y pregunta, vuelve a preguntar  y,  ya, sin límites, sin padre crítico, ni censura ni  autocensura, sin barreras  internas o externas, se entrega al espectáculo y goza hasta quedar exhausto pero con el deseo de que el espectáculo no termine nunca.  Los adultos que asisten al espectáculo con sus hijos, gozan tanto o más que los pequeños.
 
En Clásico no hay el chista fácil, el chiste de doble sentido ni pisca de groserías de por medio.  La alegría desborda, los aplausos crecen, los artistas sonríen, miran sin mirar, guiñan mientras los músicos ataviados de elegantes y vistosos trajes despliegan su arte, bailan con su música, concentrados y entusiastas… todos agradecen y vuelven a rondar con los rostros de la satisfacción, humildes, asustados, sorprendidos desbordantes por el amor y la respuesta de un público que reconoce lo bueno, el esfuerzo, el corazón puesto en círculo de aserrín. La gente no quiere irse. Ha sido atrapada por la magia imprevisible de Clásico. La Tarumba, tiene el corazón de la gente en sus manos y la gente lo acepta y celebra.
 
La apuesta este año ha sido el retorno al circo Clásico con payasos, trapecistas, equilibristas, malabaristas,  acrobacia sobre hermosos caballos y jinetes que vuelan, corren, giran.  Los artistas en los que participan familias de artistas peruanos dedicados al circo y artistas recién egresados de la Escuela de La Tarumba,  son peruanos: morenos, zambos claros o algo más oscuros, indios-blancos, indios casi puros, cholos, blancas de Brasil y del Perú,  todas las razas y todas las procedencias sociales, todas las mezclas que muestran la creatividad del peruano que optimista  en lugar de la fácil y cobarde opción de destruir, crea vida, alegría, vitalidad y hace que pensemos y sintamos que vivir puede ser un arte.
 
Este año la carpa es blanquiroja y la bandera peruana se despliega en “las tribunas”, se intentan las olas pero el público medio sorprendido aplaude algo tímido, sin  atreverse a  saltar con los brazos hacia arriba, haciendo que la ola se origine y se desplace en círculo. La opción blanquiroja no es chauvinismo patriotero. El Circo, en el Perú, siempre se presentó, desde los orígenes de la república, en julio. Los padres salen de compras y llevan a sus hijos al Circo, es la tradición.  La bandera que se desplaza es el deseo que el país fluya con éxito, que no se detenga  y que el arte peruano, se afirme, consolide y  proyecte su alegría, su vitalidad, sus ganar de vivir a todo el Perú y que logre persuadir a los que aún influenciados por geniecillos del mal, expulsan su tánatos autodestructivo.
 
La música en el espectáculo acompaña en forma brillante toda la puesta en escena pero no sólo la corteja. Como buen amante, la música tiene vida propia, se expande, crece, sube al escenario y muestra con nerviosismo y desenfado  la plasticidad de la danza y la percusión afro-indo peruana, porque Chincha con la familia Ballumbrosio, no es solamente lo afroperuano, es la mezcla aceptada alegremente, la fusión constructivista, que valora e incorpora y transmuta los sonidos elementales en arte vivo y de calidad.  La música es brillante. Los hermanos Ballumbrosio  -Chevo, César,  Roberto y Camilo- con un grupo de jóvenes músicos, logran muy altos niveles de calidad expresiva. Clásico -como en los anteriores espectáculos- puede ser escuchado o puede ser visto.  Música y arte escénico, se enriquecen porque con el profesionalismo, la técnica, el ensayo, la repetición está la pasión, el amor, la voluntad de poder, la apuesta por que el espectáculo y la vida sean hermosas y tengan sentido. La alegría que puede abrir paso a la felicidad, entendida como el intento permanente de la creatividad, de la búsqueda de un sentido armonioso, equilibrado,  tanto en la acción constructiva como en los momentos de cambio, de transformación, incluso de crispación dentro del afán tan humano, de crecer, mejorar, progresar, avanzar.
 
La Tarumba nace en 1984 –“1984”nombre de la famosa novela de George Orwell sobre una sociedad totalitaria, mezcla imaginada del poder soviético y nazi que vive en la mentira y la autodestrucción permanente dejando, tan solo, la opción individual como alternativa de cambio- uno de los momentos abisales del Perú. Ese 1984 empieza La Tarumba como una ruptura audaz en medio de la guerra terrorista de Sendero Luminoso y el MRTA que decidieron que había llegado el momento de convertir en realidad la utopía reaccionaria de la teoría marxista-leninista: “destruir el Estado burgués e instaurar, sobre sus escombros, el estado popular, la dictadura democrática del gobierno de obreros y campesinos, que es la dictadura omnímoda contra todos los que se oponen a sus designios.
 
Decidir por hacer Circo en esos años, bien podría parecer una locura. Cuando se incendiaban los cines y los circos desfallecían porque se cortaba la energía eléctrica y el agua, y nunca se sabía en dónde podían atacar los cobardes.  La apuesta  de La Tarumba, fácil es decirlo ahora, era por la vida, por la alegría y por la paz, en medio de la destrucción, la arrogancia de los dueños de la verdad, el odio y la violencia irracional.
 
Fernando Zevallos y Estela Paredes, decidieron arrancar una sonrisa a la gente en lugar de arrancarle la vida. Apuesta valiente en momentos que el Estado era desbordado, los “apagones” eran semanales, los “coches bomba” asesinaban diariamente, mientras el gobierno de entonces, atónito, no sabía qué hacer, cómo actuar, cómo tomar la iniciativa. El terror mandaba.  La inflación crecía, los que podían se iban y la mayoría sentía que no había porvenir. En esos años, al finalizar la década, Fernando y Estela, hicieron llorar de alegría esperanzadora con el espectáculo que marcó, definitivamente, su propuesta: Upa, la Esperanza (1990), resultado de tres años de talleres en el cerro “3 de Mayo” en San Martín de Porres. El resultado: una obra tierna, alegre, sencilla, profunda y atrevida, en la que la mezcla de circo y teatro, actuación y música, pasión y creatividad, se unían para siempre. Así es la esencia de La Tarumba.
 
En julio de 1990, por fin, terminaba uno de los peores gobiernos de la historia del Perú. 7600 por ciento de inflación y duplicación de la pobreza de 32 a más de 64 por ciento. ¡En cinco años! Entre el terrorismo y el supremo mal gobierno, parecía que el Perú se diluía.  La angustia, el miedo al futuro, la desilusión, la falta de alimentos, agua, luz eléctrica, la corrupción generalizada y el cinismo, atenazaban el país. La gente emigraba. Los pobres y las clases medias, optaban por la  sobrevivencia. Upa, la esperanza,  expresaba esa voluntad de poder, de creatividad de la gente para sobrevivir sin destruir ni robar. Esa obra nos decía que había fuerza en la gente, que no estábamos atrapados sin final y que las vidas de los cientos de miles de peruanos que se ganaban la vida en las calles del país, haciendo lo que fuera para sobrevivir, expresaban esa voluntad de poder, esas ganas de vivir con alegría pese a todo. Upa, la esperanza, conmovió por el amor, la dignidad, la opción moral y la actitud constructivista. No era ni panfleto, ni  arte realista ni neo-realismo, ni arte crítico, ni sociológico. Como buena obra de arte abarcaba todo. Era la creación artística  interpretando lo que está en el alma y el corazón de la gente noble: vivir en paz y optimismo frente a la adversidad, que usa en la vida diaria, todas las formas posibles de ganarse el pan, con la sonrisa en los labios, el corazón en la mano y la creatividad puesta a prueba. Se puede hacer de la vida un cielo o un infierno. Mientras unos optaban por convertir la vida en un infierno, La Tarumba, con Upa, la esperanza, optaba por la alegría, el Cielo en la Tierra, la posibilidad de la felicidad desde la gente.
 
La Tarumba, en el 2014, cumplirá 30 años en esta opción radical  por la vida.  De 1984 hacia adelante, han construido un Circo, dado a Talleres de creatividad, dando clases a los niños, haciendo que ellos descubran sus potencialidades,  abriéndolos al mundo del art, la imaginación, la posibilidad de ser auténticos y dignos. Construyeron y siguieron construyendo a lo largo de casi tres décadas dos locales en Miraflores,  una carpa de circo, una escuela para niños, una Escuela, una administración  y una pedagogía, construyeron una estrategia que demostró que la cultura y el arte requieren organización, marketing, publicidad, comunicación profesional, planes y proyectos sustentados en investigaciones rigurosas. La empresa cultural en el mundo moderno, es trabajo intenso, disciplina, planificación,  esfuerzo, tenacidad y capacidad para aceptar los errores y superarlos. La “bohemia”, la indisciplina y la falta de compromiso consigo mismo, no son una opción. La Tarumba lo demuestra.
 
La Tarumba, tiene ya varias promociones de alumnos egresados de la Escuela de Circo, alumnos que trabajan fuera y dentro del país.  Clásico, el espectáculo del 2012,  a apostado por las familias cirqueros peruanos y por los nuevos profesionales del Circo de La Tarumba, que se esfuerzan en esculpir y ser esculpidos, en pulir sus enormes potencialidades, pues atraídos por este arte espacial en el que se unen equilibrismo, disciplinas aéreas, malabares, acrobacia, danza, teatro, preparación física, música, liderazgo, gestión y tantas disciplinas, se dedican a su actividad en cuerpo y alma.
 
En Clásico, no existe el chiste fácil y de doble sentido, la actuación sexista, la burla a las minorías, a las personas diferentes ni el maltrato y explotación a los animales.  Es una prueba de que la televisión chabacana, insulsa, ridícula y repetitiva tiene que cambiar.  También es una lección para todos en todas las actividades el país.   Clásico debe verse y disfrutarse. Los niños-adultos y los niños-niños, deben poner en su agenda: Julio – Temporada de Circos: La Tarumba.
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