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miércoles, 6 de noviembre de 2013
El Héroe Discreto* o el dilema moral del Perú
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El héroe discreto es el protagonista de la nueva novela de Mario Vargas Llosa que jamás rehúye a las encrucijadas morales. Aún si éstas no se cruzaran en su camino, Mario Vargas Llosa se esforzaría –y lo hace-  en ubicarse frente a los problemas y los dilemas del Perú -y del mundo actual- para ofrecernos un punto de vista comprometido.
 
El compromiso en la literatura y en la vida es el sino de la existencia del escritor arequipeño que no deja de sorprendernos por la persistencia en comprarse los problemas, analizarlos a través de personajes vivos que encarnan el drama humano actual. La novela, esa ficción altamente creativa, le permite al escritor militante en los problemas del Perú, ubicarse, esta vez, en los temas de fondo del país y, de alguna forma, del mundo. Vargas Llosa, reitero, sale al frente de los problemas como un torero que sabe que su sino es citar al toro, traerlo hacia sí para la faena. Pero Vargas Llosa no lo recibe en medio del ruedo. Lo recibe pegado a las tablas de tal manera que la faena se presenta llena de peligros. En ese trance el escritor hace el mayor esfuerzo para salir bien librado de la cita. Y lo logra con creces.
 
Mario Vargas Llosa ha creado un nuevo personaje de la ficción peruana. Si antes fue Zavalita en Conversación en la Catedral, esta vez se trata de Felicito Yanaqué que personifica al peruano cholo, honrado, tenaz, trabajador, un poco ingenuo en el amor pero decidido en su portentoso afán de progresar, de sacar adelante una familia y una empresa. Pero, ese emprendedor se verá enfrentado a la extorsión, a los problemas de la constitución de su familia y a los enredos y reveses del amor y el desamor.
 
Mario Vargas Llosa se inclina a examinar lo nuevo de hoy en el Perú y, si algo hay nuevo en nuestro país de hoy es el peruano emprendedor, luchador o “luchón” como suelen llamarse los peruanos y peruanas  que desde abajo se abren camino en circunstancias en las que la economía tiene más de trece años de crecimiento después de décadas de estancamiento y violencia. El emprendedor ese nuevo protagonista del Perú ingresa al escenario de la ficción con sus grandezas, sus debilidades, su ingenuidad y sus normas morales. Ese personaje anónimo, el empeñoso pequeño, mediano y gran empresario que trabaja hasta el sacrificio extenuante es uno de los héroes discretos de la nueva novela.
 
Felicito Yanaqué,  piurano y cataquense, personifica al héroe discreto, que hace reflexionar a Vargas Llosa por el Perú de hoy y sus posibilidades. Reflexiona a través de personajes de los sectores altos y, también, a través del texto propio del narrador.
 
¿Es posible un avance en la modernización del país, un avance sustantivo en el proceso civilizatorio peruano? ¿Es posible construir hoy un país sustentado en fuerte componente ético, un país en el que se instale una cultura de respeto por el otro, así como una cultura de respeto a las leyes, a las normas, a las reglas de juego y en el que los usos y costumbres permitan la previsibilidad y no la sorpresa del engaño, la burla, la estafa, la tomadura de pelo con mil pretextos y "argumentos"? ¿Es posible construir un país con una base moral y cultural que le permita ingresar a una vida civilizada en la que la palabra valga, los contratos se cumplan y la confianza se instale en la sociedad? ¿Es posible superar el racismo, ese prejuicio que recorre a todas las clases sociales pero que en el sector que se considera "blanco" se expresa con intolerancia, rechazo, desconocimiento y odio al "indio" o al "cholo" sólo por ser mestizo o por ser cobrizo?
 
El dilema del Perú de hoy es, ciertamente, moral. Su viabilidad o inviabilidad es un asunto moral. Este es el quid de nuestro avance, estancamiento y/o retroceso. No se puede construir un país en el que todos no se sientan parte de él y en el que todos no se vean y sienten como iguales. Pero no se trata sólo de igualdad y equidad. Se trata de sentimientos morales y de una consistente base ética. La modernidad sólo fue posible con el imperativo categórico y la responsabilidad frente al otro, el reconocimiento del otro como semejante e igual en la condición humana y ciudadana.
 
Hoy en el Perú del crecimiento económico algunos pretenden enriquecerse en poco tiempo pisoteando, manipulando, engañando, utilizando a todo aquel que ingenuamente se suma a un proyecto empresarial, político, periodístico, cultural, artístico o de cualquiera otra  índole. Un país como el Perú acostumbrado a la carencia y el estancamiento económico se encuentra luego de trece años de crecimiento en el dilema de seguir creciendo pero para lograrlo se tiene que construir una base común que hoy no existe. No se trata solamente de más pistas, más veredas, más muros de contención, más vías de transporte, centros comerciales, grandes edificios y avenidas, automóviles modernos, importación de bienes con tecnología de punta, etc. Se hace indispensable un sustento cultural común que le dé sentido y consistencia a esa mejor calidad de vida material tan necesaria para todos y que nos aleja del estancamiento de décadas por políticas utópicas, estatistas, ajenas a una visión económica moderna. La moderna economía de mercado tiene que ir de la mano con consistente componente ético y legal. Así ha sido en todos los países avanzados del mundo.
 
En las sociedades modernas la cultura de la confianza permite que la palabra valga más que un contrato. Hoy, en el Perú, no sólo no vale la palabra. Tampoco valen los contratos. Estamos instalados en la cultura del “vivo”, del “pendejo”, del “pendejo y medio”, de la delincuencia, del sicariato, del asalto y robo en las calles, de la extorsión en las bajas esferas pero, también, del robo, la corrupción cínica en las más altas esferas. La pregunta es si es posible construir el Perú con esa deleznable base ética, cultural, educativa.
 
¿Tiene futuro el Perú con una moral pública que consiste en el aprovechamiento cada vez más descarado de los recursos de todos? ¿Es posible construir un país o una familia peruana con políticos corruptos, una prensa que se ceba en el escándalo, una justicia que no lo es y una policía negligente y corrupta, y con "emprendedores" que intentan enriquecerse con engaños y deslealtades? ¿Es posible construir un país civilizado en una sociedad en la que se respeta cada vez menos la vida privada, en la que la banalidad se ha instalado en los medios y en la vida cotidiana, y el racismo y la exclusión no logran ser derrotados?
 
Si el sueño de un amplio sector de la juventud americana fue/es ganar su primer millón de dólares, hoy en el Perú como en China y otras latitudes ser "millonario" se ha convertido en un fin en sí mismo. En China el testimonio de Mo Yan en Cambios* es elocuente en cuanto al fenómeno de la corrupción en China. Se construye un país en el que hay nuevos ricos pero también hay una corrupción que algunos especialistas afirman que es "trillonaria". El mal de la corrupción está instalado como problema en todos los países emergentes y en los países ricos pero con otras características. En los países que buscan abrirse un espacio en el mundo desarrollado la corrupción pareciera no tener límites.
 
En nuestro país se ha venido instalando, al lado de la moral de emprendedores, la moral del engaño, la trampa, el robo descarado. Los tres últimos presidentes de la república están acusado de enriquecimiento y uno de ellos nada menos que por un manejo en una cuenta en Costa Rica por 20 millones de dólares. Uno en la cárcel y los otros dos investigados por el Congreso de la República y por la fiscalía. No deja de sorprendernos la incapacidad del entorno político de por lo menos preguntar, levantar la voz, deslindar, expresar un mínimo de dignidad frente a datos cada vez más graves y que deberían generar repudio, denuncias y renuncias. En entorno político de los investigados, en una lealtad que es una deslealtad con el país,  demuestra que son más amigos del investigado que de la verdad, contradiciendo la famosa frase o apotegma de Aristóteles frente a la verdad: “soy amigo de Platón pero soy más amigo de la verdad”. Aquí la lealtad es sinónimo de complicidad.
 
El Perú se encuentra sumido en un enorme dilema moral: o sucumbimos a la moral de la pendejada o asumimos una moral matinal de emprendedores en el que el reto es ganar-ganar; gano yo pero también mis colaboradores; ganamos todos: los consumidores porque mi producto y/o mis servicios son cada vez de mayor calidad. En el tema moral no hay término medio: o somos leales, honestos y honrados  o no lo somos. No se puede ser medio leal, medio honesto, medio honrado, medio amigo, medio colega o medio compañero. O construimos un país con reglas morales o vivimos en la ley de la selva por la cual enriquecerse a costa de los demás en base al engaño, el robo, el saqueo de los bienes privados y públicos es un camino que nos cierra la posibilidad de alcanzar el grado de país civilizado.
 
El héroe discreto es Felicito Yanaqué un cataquense que ha forjado con esfuerzo supremo una empresa de transportes –Transportes Narihualá- que presta servicios en Piura y en todas las provincias del departamento. Felicito Yanaqué ha construido una empresa trabajando sin descanso, sin darse tregua, siguiendo el mandato de su padre Aliño Yanaqué, un campesino yanacón y analfabeto que le enseñó que no “debía dejarse pisar por nadie”. Aliño Yanaqué trabajó hasta el sacrificio para que Felicito se instruyera. No le dejó como herencia dinero ni bienes materiales: le dejó su ejemplo, un espíritu de sacrificio y una consistente base moral con la que edificó, en el contexto favorable de la economía peruana, una empresa de transportes. El padre educó a Felicito solo, a través de un ejemplo pues su mujer lo dejó con su pequeño hijo. Aliño es otro de los héroes anónimos del Héroe discreto.
 
En el otro extremo están los hijos de Ismael Carrera, el dueño de una aseguradora que está enfrentado a “las hienas”, sus hijos, que pretenden heredar la fortuna de su padre, fortuna creada durante años de trabajo. Ismael Carrera se enfrenta a un grave dilema moral en los últimos años de su vida: sus hijos son unas verdaderas hienas: gastan, consumen, se drogan, viajan, no estudian ni trabajan, vagabundean sin ton ni son  -“¿Qué hemos hecho Clotilde y yo para tener de hijos a semejantes forajidos? ¡Le echan la culpa a la pobre chica, figúrate! No sólo la violaron. Le pegaron, la maltrataron. Forajidos, ésa era la palabra justa”, comenta Ismael Carrera. La vida de los hijos tiene un solo sentido: heredar el dinero del padre para malgastarlo. Ismael Carrera cuando está grave en un clínica escucha la conversación de sus hijos que creyendo que su padre agoniza, inconsciente, expresan en voz alta el deseo de que  su padre muera pronto, de inmediato, ya,  para heredar su empresa... pero escuchar esa conversación de sus hijos es lo que le da fuerza para derrotar a la muerte, se salva y busca hacer justicia. Ismael Carrera, viudo, en su soledad se acerca a Armida, la empleada del hogar, la "chola" para las "hienas",  se enamora y se casa con ella. Está tan seguro de casarse, “como de que la Tierra es redonda. No es sólo para dar una lección a ese par. A Armida le tengo mucho cariño. No sé qué hubiera sido de mí sin ella. Desde la muerte de Clotilde, su ayuda ha sido impagable”.
 
Felicito Yanaqué e Ismael Carrera, en los dos extremos de la escala social son dos de los héroes anónimos de la novela de Mario Vargas Llosa. Pero, al lado de ellos hay gerentes, empleados, trabajadores, mujeres, esposas, amantes, algunos policías que reflejan lo que es la policía hoy en el Perú.
 
La novel de MVLl tiene palabras, asimismo, durísimas contra la prensa del país y a los que han convertido esta profesión en un portento de las bajas pasiones. Rigoberto, el gerente de la empresa aseguradora de Ismael Carrera le pregunta si vale la pena arriesgarse a tanto escándalo como casarse con la empleada doméstica de su casa y le dice: “- abogados, notarios, jueces, comparecencias, la inmundicia periodística hurgando en tu vida privada hasta la náusea”… “La función del periodismo en este tiempo, o, por lo menos, en esta sociedad, no era informar, sino hacer desaparecer toda forma de discernimiento entre la mentira y la verdad, sustituir la realidad por una ficción en la que se manifestaba la oceánica masa de complejos, frustraciones, odios y traumas de un público roído por el resentimiento y la envida. Otra prueba de que los pequeños espacios de civilización nunca prevalecerían sobre la inconmensurable barbarie”.
 
El dilema del Héroe Discreto descansa en este última palabra: barbarie. Civilización o barbarie. Frente a este dilema existe la posibilidad de construir por lo menos, territorios liberados de civilización. Estamos ante una circunstancia en la que, tal vez, podamos construir pequeños espacios de civilización si es que no podemos construir un país civilizado. ¿Podremos, en nuestro país, por lo menos, construir “pequeños espacios de civilización” que se impongan sobre “la inconmensurable barbarie”?
 
El Héroe Discreto, es una apuesta optimista. Sin embargo, no es un optimismo ingenuo. Mario Vargas Llosa tiene siempre los pies bien puestos en el país. Ha vivido, investigado y es minucioso en ese conocimiento. Sin embargo, pese a todas las carencias y abismos, los héroes discretos del Perú parecieran persuadir de que es posible derrotar la extorsión, la delincuencia, la inmoralidad y la moral de la pendejada.
 
Es que no está definido quién vencerá. Se ha abierto un espacio-tiempo en el Perú en el que lo que está en tela de juicio no es la posibilidad de seguir creciendo económicamente, sino de desarrollar como país, de alcanzar mayores grados de civilización.
 
Se trata de abrir un sentido superior a lo que hacemos, se trata de saber si podemos crecer como sociedad, como país civilizado, como sociedad de ciudadanos, de personas decentes que pueden confiar en el otro, de aceptarlo a pesar de sus diferencias, de reconocer en los otros y, por ende, superar el prejuicio en el no logramos encontrarnos con nosotros mismos porque vemos al otro como un "cholo" o un "indio" o un "marrón".
 
Se equivocan los que apuntan solamente al crecimiento económico como garantía de desarrollo. Se ha demostrado  que es posible crecer económicamente pero está demostrado que eso tiene un límite al que estamos llegando. Lo que falta es demostrar que podemos crecer como país, como sociedad. Mario Vargas Llosa apuesta por el héroe discreto, el peruano emprendedor que finalmente podrá imponerse sobre el corrupto, el que pretende enriquecerse por el fácil camino de la mentira, el engaño, la deslealtad, el abuso del poder, la corrupción, todo aquello que se sustenta en la moral de la pendejada. Ese es el dilema del Perú de hoy, de los emprendedores, de los empresarios, de los profesionales, de los periodistas y los dueños de los medios de comunicación.
Apostemos por el héroe discreto, aquel que posee una moral matinal, una moral de trabajo, esfuerzo y respeto por sí mismo y por los demás. Instruir y educar. Instruir en conocimientos y educar en valores. Sin una base moral el crecimiento no tendrá sentido, nuestro crecimiento será efímero, será un crecimiento falaz y volveremos a lo mismo, al atraso, el estancamiento, la miseria y la violencia. Ya no porque hay riqueza sino porque no la hay.
 
Curioso el absurdo debate del Perú de hoy: ¿estamos o no en un momento de “vacas flacas”? Cuando el verdadero debate es si podemos seguir creciendo sin clase dirigente, sin partidos políticos, sin una base ética fundamental, sin valores que nos unifiquen y nos permitan reconocernos como compatriotas, como personas humanas iguales económica, social, política y moralmente. Se trata, en suma, de ser nación, de construir una patria en la que todos se consideren y se sientan iguales en derechos y deberes.
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