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jueves, 12 de diciembre de 2013
Nelson Mandela, Madiba, el revolucionario
“Yo soy porque nosotros somos”
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Nelson Mandela, Madiba, ha muerto el jueves 5 de diciembre a las 8,30 de la noche a la edad de 95 años en medio de una oleada de interés, consternación, preocupación, reconocimiento y admiración por este líder sudafricano, considerado el más importante y significativo líder político del mundo en el siglo XX.

Mandela que permaneció más de 27 años en prisión logró vencer a sus enemigos sin enfrentarse a ellos y logró reconciliar a un país de varias naciones y etnias, dividido por una minoría blanca que estableció, impuso un régimen de odio, de separación racial, como hubiera soñado Hitler.
 
Mandela, sin embargo, si no fuera por su gigantesco liderazgo, hubiera conducido a su país a una guerra interminable y terminado, como otras repúblicas africanas, en una endémica cruenta y cruel guerra civil en la que después de derrotar y expulsar al poder colonial se inicia una guerra civil inter-racial e inter-étnica por el poder, destruyendo el Estado, el tejido social y toda forma civilizada de conviviencia humana. Mandela, logra lo imposible. Los políticos que consideran que la política es el arte de lo posible se equivocan. La política, cuando es auténtica, busca alcanzar lo imposible y lo logra.
 
La filosofía de Mandela nace de una norma ética Ubuntu que se puede frasear de varias formas pero que se ha traducido universalmente como “Yo soy porque nosotros somos”; es decir, existo porque tú existes; somos seres de humanidad; somos uno y lo que te afecta a ti me afecta a mí; estamos comprometidos como seres humanos; somos uno y universales: existo a través de los demás y a través tuyo. Esta idea proviene, como se sabe de las lenguas Zulú y Xhosa y es considerado un concepto pan-africano y universal. Un concepto que implica una conducta como seres de humanidad y en otras latitudes se planteó como el tema central de la conducta humana: existo porque tú existes y mis actos son de un ser de humanidad. Una cierta coincidencia con la filosofía de Levinas de “ser-para-el-otro”. Existo-porque-tú-existes.
 
De la misma forma como Kant en el mundo occidental moderno a través del imperativo categórico –actúa como si tus actos fueran leyes universales- y Confucio creador en Asia de la moral confuciana basada en el respeto al otro empezando por uno miso -“no hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti”- que ha trascendido al mundo durante 2500 años; la tesis moral/filosófica o el pensamiento moral de Mandela –“yo soy porque nosotros somos- es un imperativo categórico para su quehacer diario y su quehacer político: “existo-porque-tú-existes” en la versión de Levinas.
 
Lo que viene sometiendo a la política a una decadencia es la separación de la moral que se inicia con los albores de la modernidad. Esta ausencia de sustrato moral del que adolecen los dirigentes políticos los conduce a actuar con avidez por el patrimonio pública y una voracidad por el poder. Se trata, a partir del ejemplo de Mandela, de recuperar la ética en la política y empezar a actuar de acuerdo a una raíz filosófica pero con tenacidad, disciplina, lealtad fortaleza de carácter y lealtad consigo mismo y con los ciudadanos.
 
Mandela tuvo lo que la mayoría de dirigentes políticos no han tenido ni tienen: la voluntad de granito para no caer en la tentación de la vanidad; en la perpetuación del poder; en la intolerancia, la falta de respeto al otro y la incapacidad de escuchar; la deshonestidad y ausencia de honradez en los actos privados y públicos; y, en la ausencia de nobleza de espíritu, magnanimidad, grandeza en las victorias y en las derrotas. Predomina la victimización, la grita vergonzoza, el escándalo permanente, la mentira como coartada al infinito para justificar lo injustificable. A la política y a los políticos les falta grandeza de espíritu.
 
Mandela fue más allá, pensó más grande y actuó con entereza de espíritu, con coherencia entre palabra y acción. De la misma forma que Mahatma Gandhi y Martin Luther King, desplegó una enorme capacidad de persuasión y convencimiento para derrotar a los que eran sus enemigos reales.  La filosofía taoísta y confuciana expresada en el pensamiento de Sun Tzi –El Arte de la Guerra- insiste en que la mejor guerra es aquella que se gana sin pelear, aquella en la que se derrota al enemigo sin enfrentarse a él; aquella que pide equilibrio, ponderación, madurez porque actuando con temeridad se pierden los tesoros (morales, obviamente y no los materiales que tanto buscan amasar).
 
Mandela, logra derrotar al régimen más reaccionario del planeta en la segunda parte del siglo XX, al régimen del odio, del Apartheid, de la división extrema por razones de pigmentación de la piel, luchando, resistiendo, levantándose, persuadiendo, poniéndose en el lugar del otro, perdonando y reconciliando. Olvidando el agravio para construir el futuro. Olvidando, incluso, los crímenes para mirar lejos y más alto.
 
Mandela, logra en base a su filosofía y a su entereza de espíritu, evitar una guerra civil y consigue sorteer la historia de las repúblicas inviables, desangradas, caóticas, en guerra permetua de las nuevas naciones las que guiadas por ideologías del odio y de la guerra para destruir al “enemigo”, logran el pavoroso camino de la guerra endémica, de la pobreza, de la división, de la pobreza extrema y de la infelicidad para todos, especialmente de los más jóvenes que se incorporan a una sociedad sin futuro.
 
Existía el mito de Mandela en Sudáfrica pero su muerte ha agrandado el mito y lo ha convertido en universal cuando Madiba ya era Premio Nobel de la paz y había dejado una estela de admiración. La presencia de más de un centenar de mandatarios y ex-mandatarios del mundo en sus funerales es un demostración del poder de la voluntad, del espíritu y del la fe.  El pueblo de Sudáfrica hoy lo ama y lo venera. 
 
¿Algún día los peruanos tendremos un líder al cual venerar? La diferencia está en la raíz ética, en la base moral y la coherencia entre esa base moral, el discurso y la práctica. Mandela siempre repitió que no era un santo. Es verdad. No lo fue. Pero no fue un político investigado porque no se conoce el origen de sus propiedades, o por haber hecho mal uso del dinero del Estado o por haber creado un poder paralelo militar o paramilitar dentro del Estado.
 
Considerando a Mandela se perbice que la mayoría de los políticos no son líderes. Son con las justas dirigentes de sus partidos, administradores del poder que han logrado para realizar negocios políticos y negocios con el pequeño, mediano o gran poder en el Estado. Los políticos parecieran soñar con llegar al poder para hacer el bieno pero cuando están en él traicionan sus palabras, sus ofrecimiientos y a la voluntad del pueblo y colocan en cambio sus pequeñas pasiones en el poder del Estado y a sus familiars, a sus amigos, a los amigos de sus amigos y a los partidarios sin considerar sus capacidades reales. Luego forman un círculo duro, recio, ácido que busca hacer uso del poder para sustraer el dinero público y empezar el camino intentar perpetuarse en el poder.  La mayoría de los políticos parecieran personas que calculan cuánto van a meter en sus bolsillos por cada proyecto de desarrollo que impulsan desde el Estado o por cada concesión al sector privado. En algunos partidos, dirigentes, congresistas, presidentes regionales y alcaldes paraciera que “la comisión” es parte inherente de la política, igual que “el diezmo” que cobran sin pudor por cada obra, servicio, licitación o inversión. Se precisa rescatar la política, recuperarla en su valor de buen gobierno, respeto al ciudadano. El ideal republicano está por construir.
 
En el Perú hay una crisis enorme de liderazgo. Los ex presidentes o están en la cárcel o están investigados y, para defenderse de la ley, usan a un grupo amplio de abogados y congresistas que hacen el desagradable papel --para los ciudadanos porque a ellos les tiene con miedo pero sin cuidado moral-- de defender al corrupto, yendo contra toda lógica, moral e inteligencia.
 
Mandela, ciertamente, es un líder. Cometió errores políticos en su lucha por la libertad, la democracia y la igualdad de todos ante la ley. Pidió que no lo consideraran un santo porque no lo era y él lo sabía. Su grandeza de espíritu y sus logros,  es hoy considerado el más grande líder del siglo XX. Llenó su corazón y su espíritu de una enorme capacidad de entendimiento, comprensión, perdón auténtico y afán de reconciliación. Buscó en la paz el camino y el respeto al otro, la forma, la cultura, la manera de hacer las cosas. Construyó dentro de sí una cultura viva de paz que luego convirtió en política nacional y universal porque para ofrecer la paz es preciso alcanzarla, primero, internamente. Se valora que durante los 27 años que estuvo preso fortaleció y esculpió su espíritu. Salió de la cárcel sin rencor ni actitudes vanidosas.  Mandela se liberó de rancor y odio. Por eso fue grande. Tuvo el corazón enorme y las uñas cortas.
 
La Comisión de la Verdad en su país no hubiera sido posible sin la actuación de Mandela y su concepto filosófico –“yo soy porque nosotros somos”. Mandela lo aplicó en la vida diaria. Los que conversaban con él quedaban seducidos por su conducta, su amabilidad, su educación, su sencillez y su bondad. Mandela generaba confianza, respeto, compromiso. Su sonrisa era expresión de su espíritu y fue una de sus armas en la lucha por unir a Sudáfrica  y derrotar al régimen racista, al régimen del odio, ganando amigos en su país y en el mundo.  De la misma forma que Mahatma Gandhi, no respondió con odio a los que odian y los venció. Es verdad que en 1964 adopta el camino de la lucha armada pero lo hace para obligar a negociar a los racistas y violentos. Asume ese camino como una forma de hacer sabotaje para desgastar el régimen racista. No promueve, incentiva ni organiza el terror. Evita siempre el baño de sangre. Recibe ayuda de todos pero no sucumbe a los cantos de sirena de las teorías, ideologías y regímenes totalitarios. Agradece a todos con lealtad pero sigue su propio camino, el de la democracia, la libertad, la igualdad de todos ante la ley  y la justicia. Había alcanzado seguridad en sí mismo y en sus convicciones. En la cárcel aclaró sus ideas y cultivó el espíritu.
 
En la Comisión de la Verdad de Sudáfrica se escucha a los criminales y se escucha a los pueblos sufirentes. Pero no se sigue la terrible e inhumana consigna de “ni olvido ni perdón”. Mandela y Sudáfrica perdona y olvida. Luego de escuchar a los verdugos y a los violentos asumir y expresar sus responsabilidades y su pedido de perdón, se les perdona y se abre paso a vivir en el presente.  Sudáfrica con Mandela no se queda a cultivar el odio, a relamer heridas o a abrirlas en cada instante. Su filosofía busca perdonar y reconciliar. Abrir las heridas para curarlas y luego cerrarlas definitivamente. Fue un verdadero defensor de los derechos humanos y de la libertad humana. No fue un profesional -pagado con miles de dólares-  de la “defensa de los derechos humanos”. Fue un luchador real que puso su mente, su cuerpo y su vida en la búsqueda de la liberación de su pueblo.
 
La lucha de Mandela fue inspiradora en los países y pueblos del mundo. En Estados Unidos sirvió de ejemplo a los afroamericanos para luchar por los derechos civiles. Por ello es que líderes como Barack Obama lo consideran un líder nacional porque influyó de manera decisiva en la lucha de los negros norteamericanos por los derechos civiles aplastados por una minoría racista. Para los líderes republicanos y demócratas, Mandela está en el nivel de Marthin Luther King que dio su vida por la libertad del pueblo afroamericano. Igual ha sucedido en Brasil en donde existe una gran admiración por Mandela porque su discurso no es excluyente. Busca la justicia no para dividir y confrontar. Busca la justicia, la libertad y los derechos para integrar a  todos. Busca liberar al oprimiso y al opresor. Es claro por ello que en su visión y en su liderazgo la liberación del oprimido libera el opresor y busca que eso se entienda y se practique.  No enfrenta el racismo de los blancos con el racismo de los negros. Su visión y su práctica no fueron la simplista y maniquea que “la tortilla se vuelva” que tanto daño ha hecho a la humanidad pues se busca responder siempre golpe por golpe, racismo contra racismo, exclusión contra exclusión, intolerancia contra intolerancia, odio con odio.  Su conducta destaca sobre todas porque está unida a ese concepto central de todo ser de humanidad: Yo soy porque nosotros somos.
 
Mandela era una persona majestuosa y magnánima. Un periodista español recuerda haberle preguntado a Desmond Tutu, premio Noble de la Paz cómo era Mandela, cuál era la mayor cualidad y Tutu le respondió: ¡Magnanimidad! Sostiene que Tutu pronunció esa hermosa palabra casi susurruando: magnanimidad, es decir grandeza de espíritu. Capacidad de comprensión del otro. Lo que comúnmente se llama “ponerse en los zapatos del otro” para entenderlo sin juzgarlo y sin prejuicios. Pensando y sintiendo a partir del otro respeto al ser humano y, de esta forma, asi mismo.
 
Mande la fue el líder de una auténtica revolución. Luchó por libertad, igualdad, justicia y democracia. No se sumó al coro de las ideologías del odio. Su práctica lo demuestra: no instaló la división en su país. No se le escuchó proferir insultos, anatemas, agravios a sus contendores. Todo lo contrario. Los recibió en su hogar, incluso a los que lo tuvieron bajo su cuidado en la cárcel. Fue amigo de sus carceleros. No impuso un Himno Nacional para su país. Aceptó los dos: el de los blancos y el de los negros. Buscó unir en vez de separar. Buscó conciliar en lugar de antagonizar y confrontar de manera permanente.
 
Mandela dio un ejemplo extraordinario para todos. Fue elegido presidente de su país por cinco años del 1994 a 1999. Pudo haber ido a la reelección y a otra, y a otra, hasta concentrar el poder. Pero no lo hizo. Era un demócrata. No concentró ni centralizó el poder. No pensó en el régimen de partido único, prensa única y pensamiento único. Fue el más importante líder revolucionario de la única y verdadera revolución: la de la democracia, la alternancia en el poder, la separación de poderes, el imperio de la ley, la igualdad de todos, la construcción de una sociedad justa, la tolerancia y la búsqueda de la armonía. No se dedicó, por ende, a sembrar el odio ni a “confiscar” en nombre del pueblo ni de la una supesta revolución. Su ejemplo por ello crece porque no tiene adicción al poder y rechaza todo culto a la personalidad tan amado por los dirigentes narcisistas y megalómanos que consideran una virtud perpetuarse ad infinitum
 
Uno de los asuntos claves para entender a personas o almas grandes como Mandela y Mahatma Gandhi es que no caen seducidos por el poder, por el fasto y la vanidad. Mandela no quiso ir a la reelección cuando todos saben que si se hubiese presentado ganaba y no necesitó la justificación del "como el pueblo me lo pide" para quedarse en el poder. Había cultivado su alma como lo hacen los seres humanos superiores. Cultivó los verdaderos tesoros que no son, obviamente, los del dinero. Cultivó la honradez, la honestidad, la lealtad, el valor de la palabra empeñada, la dignidad de la persona humana. Mandela podría despertar y sentir su alma limpia y no como algunos de nuestros "ex presidentes" que necesitan de escuderos en el Congreso, abogados penalistas y toda una corte en el poder y en los medios de comunicación, e incluso en sus partidos que los usan para sus fines estrictamente personales con el fin de que respondan por riquezas mal habidas que esconden o de las cuáles no tienen cómo responder.
 
Qué grande un líder como Mandela que nunca profirió gritos histéricos ni usó los medios de comunicación para victimizarse. No usó la cárcel para el chantaje ni para dar vergüenza ajena. La grandeza de Mandela transciende y es preciso aprender de este líder mundial que sin poses, sin palabras rebuscadas, sin hemorragia de palabras y con coraje aceptó una prisión cuando era víctima real y no se victimizó si no que estuvo en la cárcer con dignidiad y en las peores condicionesDignidad y honor son las palabras encarnadas en su vida. Palabras que nunca usó pero que practicó.
 
Líder auténtico. Estuvo preso por luchar por la justicia y no por robarle a su país. Líderes como Mandela necesita el Perú y, seguramente, el mundo. Mientras tanto, tenemos que ser todos líderes en los ámbitos de nuestra vida: honrados, honestos, democráticos, justos, tolerantes y fuertes de carácter para luchar sin desmayo porque todos merecemos que existan las condiciones para el desarrollo autónomo de todos los peruanos.
 
Mandela es un ejemplo de nobleza y fortaleza de espíritu; de capacidad de trabajar por los demás, de luchar contra su propio rencor y derrotarlo. Mandela vive para siempre.

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