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Columnas de Opinión : Oswaldo Carpio
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jueves, 13 de noviembre de 2014
La algarabía. Primavera en Alemania en 1990
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Berlín era la algarabía. Tuve la suerte de estar entre mayo y junio de 1990 en Alemania invitado por la Universidad Libre de Berlín. Un grupo de cineastas fuimos invitados para conversar sobre las ciudades en América Latina. Asistí como uno de los realizadores de “Juliana” uno de los largometrajes de ficción de gran éxito en el país y en el extranjero, película premiada y reconocido por la crítica y el exigente Festival de Cine de Berlín de 1988.

 

Berlín, mayo de 1990 y una maravillosa primavera. Todo era luz, verde, alegría y una inmensas ganas de ver, caminar, conversar, reunirse en un café, encontrarse con la gente, compartir, preguntar y escuchar mucho y, por supuesto, entender. Había estado en Múnich y en otras ciudades que mostraban el enorme avance de Alemania que nos mostraban con orgullo. Luego de la devastación de la guerra, Alemania había sido reconstruida y no una manea alemana: cuidando cada uno de los detalles, contrastando las fotografías, los planos y las películas de cómo había sido las ciudades antes de la guerra para volverlas a construir igual y mejor. Parecían postales.

 

Estuve dos semanas en las que  caminé, me desplacé en tres, en metro, en bus y en bicicleta y estuve en todas partes, visitando cada uno de los lados de Berlín, dialogando con los que sufrieron en las dos partes, unos por querer huir de esa inmensa cárcel en la que se había convertido Alemania y los otros porque el país y la ciudad había sido partida en dos y los familiares habían quedado al otro lado del Muro, un muro hostil, hosco, vergonzoso, malvado, gris, sucio, amenazante. En el lado Oeste los jóvenes lo habían pintarrajeado. Eran un enorme mural para expresar la rabia, la pena y la paradoja.

 

Pero, Berlín era una Primavera o mejor dicho Alemania era una primavera,  pura vida y algarabía. No encuentro otra palabra para describir, a la distancia, esa sensación de libertad, encuentro, hermanamiento y fiesta, sonrisas, música, deseo de demostrar que eres libre y afirmarlo ante todos y que nadie te cuestione, te mire o se meta contigo.

 

Había también preocupación porque los jóvenes alemanes del Este demandaban, se movilizaban, se sentían orgullosos, cantaban en las calles y en los parques. En junio se jugaba el Mundial de Fútbol de Italia y los alemanes del Este cuando ganaba Alemania recorrían las plazas cantando el Himno Nacional cosa que no hacían los del Oeste. Los del Este se mostraban nacionalistas, orgullosos, desafiantes, autoritarios y hasta violentos. Recuerdo que con mi acompañante, una peruana casada con una antropólogo alemán al que conoció en Ayacucho en los años 80 y que la rescató del terrorismo de SL, nos asustamos cuando los vimos pasar a lo lejos, enormes, algunos con el torso desnudo y la cabeza rapada con su bandera alemana, cantando a gritos. Ella me dijo que intentáramos pasar desapercibidos, que no nos moviéramos, que estuviéramos como congelados con nuestras bicicletas al lado. Ellos pasaron a unos cincuenta metros. Estaban demasiado entusiastas para distraerse de su rumbo.

 

En ese viaje, llegué al lado Este de Berlín por un error.  Después de una gira por Alemania, mi amigo el Profesor y Dr. Horst Nitschack me dejó en Múnich en casa de un amigo peruano y me dio las indicaciones de cómo debía volver a Berlín, qué tren tomar y en qué estación descender. Repitió: el Zoológico, no te vayas a equivocar y de allí caminas y te encontrarás con unos amigos peruanos que te hospedarán. Pero, me equivoqué y terminé en la siguiente estación cuyo nombre borré de mi memoria.  Pero ya no era Berlín Oeste sino Este. Luego de varias días en Alemania tuve, por primera vez, miedo. El contraste entre una estación y otra era como el día y la noche. Una experiencia desagradable en la que por única vez me sentí amenazado, inseguro, con miedo porque todo estaba en situación de abandono, sucio, gris, descuidado y algunas personas se me acercaban a pedirme algo o intentar llevar mi maleta de rueditas.  Salí de allí y caminé. La intuición y la decisión de salir de allí me ayudaron. Caminé rápido en dirección a la  Estación del Zoológico y terminé en el otro lado de Berlín en donde me esperaba esta amiga peruana que no conocía y que de inmediato me recibió, me llevó a su casa, me presentó a sus tres hijos, dos bellas adolescentes nacidas en Ayacucho y uno pequeño nacido en Berlín. A las niñas les encantaba hacer pan en casa para el desayuno. El pan se compraba ya preparado y congelado. Sólo había que ponerlo al horno. Eso hacía y salía un olor a pan fresco y recién salido del horno.

 

En la casa en un barrio tradicional y cosmopolita de Berlín se vivía el mismo sentimiento de libertad, algarabía y algo de preocupación por lo que vendría porque ya se hablaba de lo que implicaba la reunificación de lo que estuvo divido durante 40 años. Algunos pensaban que sería imposible porque durante esas cuatro décadas se habían creado dos tipos dos Alemanias con ciudadanos tan diferentes. Y lo eran. Se les podía distinguir en las calles, en los supermercados o en cualquier punto de la ciudad. Ellos caminaban en grupo sorprendidos y sorprendiéndose de todo. No tenían idea de cómo era Alemania y cómo era la democracia. Su forma de ser contrataba con la de los de Berlín Oeste que, educadísimos, pedían disculpas por todo e informaban de todo. Los niños y jóvenes hablaban inglés y otros idiomas y era fácil comunicarse. Del otro lado era imposible. Habían vivido en una sociedad cerrada, enclaustrada, en una cultura autoritaria en la que el miedo y el odio eran el pan de cada día.

 

Semanas atrás, había viajado con Horst Nitschack a visitar a uno de sus hermanos que había quedado en el otro lado de Alemania luego de la guerra. La visita fue un golpe emocional enorme para los dos que, sin embargo, se mostraba muy controlado. En realidad los dos se mostraban controlados y sorprendidos. Horst había llegado en un BMW último modelo y la casa de su hermano parecía la locación de una película de los años 50. Mientras Alemania libre había crecido, progresado y la gente se había enriquecido, en la Alemania del Este todo estaba como congelado en el pasado: muebles, comedor, sala, paredes,  equipos, todos los espacios de la decente vivienda estaban como treinta y cuarenta años atrás. El tiempo parecía haberse detenido. El BMW de Horst contrastaba con los automóviles alemanes, los Trabant que iban a 60 o 70 kilómetros por hora mientras los otros volaban. Tal vez esa era una diferencia que saltaba rápido a la vista en las carreteras. La incompetencia de la RDA, su pobreza tecnológica y la carencia de innovación. Era carros sencillos pero poco agradables.

 

Algo que contrastaba eran las carreteras que en Alemania del Este, sobre todo en zonas estratégicas, eran sumamente anchas. En realidad eran pistas de aterrizaje de aviones de guerra, carreteras divididas solamente por conos ligeros. Se retiraban los conos y eran unas verdaderas pistas de aterrizaje de aviones pesados. Porque, en esta sociedad cerrada, todo estaba construido y diseñado para la guerra que se preparaba, que vendía, que llegaría o la que se vivía a diario: la guerra fría que podía convertirse en “caliente” en el momento que la burocracia de la URSS lo decidiera. Porque Alemania era una colonia más de lo que los comunistas chinos llamaron “el social- imperialismo soviético”. Y no les faltaba razón. Era un potencia militar burocrática que se había impuesto sobre los países de Europa por la fuerza, la invasión y el terror.

 

El mundo vivía la “Guerra Fría” pero en Alemania del Este era la guerra, la preparación para la guerra, la psicología de la guerra y del abuso. Había como una consternación en el ambiente mientras los hermanos que habían estado separados dialogaban y se mostraban en los dos mundos en los que habían vivido separados. Los rostros eran de perplejidad, alegría controlada y una suerte de timidez frente al éxito del familiar que llegaba de la libertad. No era alegría. Tampoco tristeza. Era consternación. Control, una muy tímida alegría y una profunda tristeza que se intentaba ocultar. Dos mundos. Dos caminos. Dos destinos.

 

Porque, la verdad, los alemanes de Múnich, por ejemplo, demostraban su éxito abiertamente. Desde las meseras de los cafés que atendían con elegancia y con sus joyas de oro relucientes. No se guardaban nada. Salían a pasear con sus joyas, sus abrigos, sus BMW, sus Mercedes, sus bicicletas modernas en las ciclovías y ellos perfectamente uniformados luego de salir de sus oficinas. Los cafés bullían de gente, los teatros y los cines estaban repletos. Mientras Alemania crecía, avanzaba y la gente vivía y se sentía mejor, los alemanes del Este se encontraban en la inmensa cárcel de la opresión pero, sobre todo, de las carencias.

 

En las calles más elegantes de las ciudades aparecieron miles de mujeres de la Europa del Este, todas ellas a lo lejos parecían maniquíes, bellas, rubias, de largas piernas que estaban detenidas, apoyadas en las paredes de algunas grandes avenidas. Era todo un espectáculo. Era la forma más fácil que tenían de ganarse la vida.

 

Recuerdo una larga conversación con un alemán del Este de Berlín en las puertas del teatro principal al que, me contaba, asistían los jerarcas del partido. Me dijo que él nunca había ingresado a ese teatro porque para ingresar había que tener carnet, estar afiliado, ser del partido. Era un trabajador informado pero la ciudad de los “trabajadores” tenía a sus representantes, la burocracia todopoderosa.  Todas las actividades artísticas y culturales eran monopolizadas por la burocracia política, los funcionarios, los dirigentes y, tal vez, los militantes. Todos los que tenían carnet. La democracia en la República Democrática Alemana (RDA) era una ficción. No existía. Como en la novela de George Orwell la democracia era dictadura; la libertad, era restricción; la igualdad era entre los altos dirigentes y la desigualdad era la norma; lo mejor del teatro, la música y el cine era para los jerarcas del partido y del Estado. Era la dictadura que había convertido la mentira en verdad y la verdad en mentira. Todo se movía en el plano de la propaganda, de los clichés, de la repetición. Por eso la gente quería escapar pero no la mayoría que había perdido la esperanza como en Cuba.  Así, los pocos que lo lograban arriesgaban la vida. El estado totalitario busca aplastarte, hacerte sentir pequeño, débil, desvalido, incapaz y desconfiado porque nunca sabes con quién estás hablando.  Los que pretendían huir era descubiertos antes de lograrlo porque la Stasi o el ministerio alemán para la seguridad lo controlaba todo como observé en Cuba cuando me sentí vigilado y burlado porque el “cineasta” que supuestamente era nuestro amigo era un funcionario del G2 que nos vigilaba, nos conducía, nos acompañaba pero esa es otra historia, la de la Cuba de la gente noble y la dictadura innoble y los funcionarios espías. Las historias de lo que vivieron y de cómo les fueron ganando la moral, de cómo la vida se había vuelto repetitiva y sin perspectivas eran tristes y similares en Alemania del Este y en Cuba. Doblegarte, desmoralizarte, sojuzgarte. Hacerte sentir que no es posible y que debes aceptar el destino que han “planificado” los poderosos del partido.

 

La nueva arquitectura de las viviendas y los edificios públicos de la Alemania del Este era deprimente. Inmensas moles de edificios como panales de abejas, moles gigantes en las que todos “eran iguales” en medio de un descampado, un césped verde con pocos árboles. Esas eran las viviendas de los trabajadores y de los funcionarios medios del Estado. La idea de los comunistas sobre la gente, sobre el ser humano se reflejan, claramente, en su arquitectura de las viviendas y en el diseño urbano. Todo quiere ser grande pero por encima de la gente. No a su servicio. Había que hacer viviendas pues allí las tienen: moles de altos edificios iguales para todos. Igualdad aburrida, gris, repetitiva, aplastante.

 

En Alemania del Este se encontraban aún las Torres de Vigilancia que guardaban la frontera. Estaban ubicadas cada cierto tramo del inmenso Muro. Cada una de las Torres, afirmaban mis acompañantes estaban preparadas para un ataque violento. Algunos decían que eran antiatómicas o preparadas para un ataque nuclear porque tenían varios sótanos con escalofriantes escaleras que conducían hacia abajo, hacia el fondo, en donde estaban las armas, los espacios para los equipos y para los turnos de los guardias y nos miradores que permitían desde abajo vigilar a los que estaba arriba, en la superficie. Todo estaba construido en la forma de moles. Moles de concreto. Moles de cemento. Moles de control sobre la gente, sobre uno y otro lado.  Al ingresar allí libremente tenías la sensación de ingresar a uno de los círculos del horror, a un espacio construido por un genio del mal, por seres humanos interesados en perpetrarse en el poder, en controlar, tortura, interrogar, vigilar y dar muerte al que intentara huir.

 

En realidad, Alemania del Este era una inmensa cárcel. Un país-cárcel. Un país que tenía un solo método para impedir que la gente sea libre: las Torres de Vigilancia, la acción de la Stasi, los soldados armados, la escucha telefónica pero, sobre todo, el miedo, el terror, el apaciguamiento sostenido de la gente hasta lograr aplastarla en su deseo de libertad. Adaptarse para sobrevivir y sobrevivir adaptándose. Pero, debajo de esa trama, se escondía la implosión totalitaria.

 

El totalitarismo ha sido y es una realidad. No es una ficción. No es un invento. Es una forma de organización del Estado y la sociedad. Recuerdo las librerías en estos países: los mismos libros, los mismos títulos, carátulas, revistas, diarios, etc. Todo uniformado, todo controlado, todo cerrado.

 

En realidad la sociedad totalitaria es una sociedad cerrada a las ideas, al diálogo, al encuentro, a la reflexión, la discrepancia, la discusión, el debate y es, también, una sociedad para la guerra no sólo contra el pensamiento sino para la guerra real. También la guerra contra el arte que se vuelve repetitivo, pesado porque tiene que pasar por el control del partido y del Estado. Los estados totalitarios detestan y envidian a los artistas, a los intelectuales, a los que piensan, a los que escriben, a los que dejan volar la imaginación. Nada puede moverse si es que antes el comisario político no ha dado el visto bueno con todo el poder que le confiere el poder que administra. La predisposición para controlar e impedir el vuelo de la imaginación es aterrador porque es posible entretener a la gente y para eso estaba el fútbol o los deportes manejados por el Estado para la propaganda.

 

Pero estábamos en Berlín y Berlín era una algarabía. Los jóvenes organizaban fiestas decoradas por las banderas de la ex RDA las colocaban en los baños, en los lugares inesperados como burla como los quepís de los soldados del ejército desaparecido, las casacas, los uniformes, los símbolos adornaban las fiestas como trofeos que podían estar en el suelo o en cualquier lugar como objeto de burla, de desprecio y, también de dolor. Era un decorado en el que los jóvenes se burlaban de los que habían sido poderosos, de los que habían sido brutales al otro lado del muro. Todos tenían su pedazo de muro. Tuve uno que guardé durante años.  Entre mayo y junio de 1990 había espacios grandes del muro, las Torres de Vigilancia  y, todo eso, los trozos de muro y demás símbolos del poder desplomado se coleccionaba. Los uniformes y los quepís y demás objetos de la cotidianeidad comunista se vendían a los coleccionaban o los querían usar para burlarse, reírse en alguna fiesta porque, repito, Berlín desde noviembre hasta esa dichosa primavera era una fiesta.

 

Mientras en Berlín Oeste los alemanes se matriculaban en cursos de Salsa, aprendían idiomas y dialogan con los extranjeros, los del Oeste estaban cerrados a los extranjeros, se quejaban, se declaraban hostiles, eran agresivos y autoritarios. Uno podía pensar en dónde estuvieron los autoritarios después de la guerra y saltaba a la vista por la conducta, la actitud, la incomunicación y la agresividad que el totalitarismo había dejado su huella en la sociedad y en gente. Porque el sistema totalitario es una manera de ser, de sentir, de pensar y de actuar.

 

El nacionalismo de la RDA se escuchaba y se tocaba con las manos. Mientras los alemanes seguían a su selección de fútbol con pasión en el Mundial del 90 que se jugaba en Italia, los del Este vociferaban el Himno Nacional, gritaban ¡Deutschland!, cantaban y se desplazaban desafiantes con sus banderas. Los del Oeste los observaban con distancia y paternalismo.

 

Algo que llamaba la atención es que en esos días se decidió entregarle a cada alemán del Este que llegara a la ciudad unos 300 marcos para que pudieran comprar y lo hicieron adquiriendo toda clase de chucherías de las cuales carecían y que les llamaba la atención. Andaban en grupo y hablaban en voz alta y enrojeciéndose sus rostros cuando montaban en cólera o algún extranjero les molestaba lo que contrastaba con los del Oeste que vivían acostumbrados a los de fuera, porque Berlín Oeste era una ciudad abierta, cosmopolita en la que había latinoamericanos, árabes, turcos, hindúes, españoles y gentes de todos los países del mundo.

 

Alemania decidió unificarse e invertir en la transformación de su país. Un ejemplo de solidaridad y democracia. El debate estaba abierto y se sabía que el costo sería alto. Pero la inversión ha dado sus frutos. Se percibe la diferencia entre lo que fueron las dos Alemania(s) pero los abismos han desaparecido y las diferencias se van atenuando. Existen porque 40 años de división y de cultura totalitaria-autoritaria-intolerante no se borran en 25 años. Pero Berlín el 9 de noviembre de este año ha sido una fiesta y en la primavera del 1990 era la algarabía.

 

La humanidad tiene que aprender la lección. El peligro del totalitarismo hoy es real y se viste de populismo, de justicia, de igualdad, ideas a las que se las ha robado el contenido. Porque si hay algo injusto en el mundo es que exista un Estado totalitario: partido único, pensamiento único, prensa única, control sobre el pensamiento, la conciencia y el pensamiento.  El peligro totalitario viene de los nuevos autoritarismos mesiánicos y del integrismo musulmán que desprecia la vida en nombre del paraíso junto a Alá en donde los mártires vivirán eternamente servidos por 72 mujeres vírgenes.

 

El siglo XXI tiene que ser el de la consolidación de la libertad y la democracia, la derrota de toda forma de totalitarismo que se impone aplastando la libertad de todos. Los únicos iguales en la sociedad totalitaria son los dueños del poder absoluto sobre las ideas, las gentes y los bienes materiales.

 

Lima, 9 de noviembre de 2014

 

 

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